Heronomía Moral Vs Autonomía Moral




La heteronomía moral de los niños se ve reforzada con los premios y castigos, pues el niño actúa bien, no porque piense que así debe hacerlo, sino porque desea ser recompensado, o teme ser castigado.

Por el contrario, la autonomía se ve estimulada positivamente cuando los adultos intercambian opiniones y puntos de vista con los niños, y los ayudan a construir su propia escala de valores. 
Por ejemplo, si un niño dice una mentira, el adulto puede dejarlo sin postre o hacerle escribir cincuenta veces "No volveré a decir mentiras", pero con ello no logrará que el niño entienda por qué es malo mentir. 
Por el contrario, si el adulto se enfrenta al niño afectuosamente diciéndole: "No creo lo que dices, porque...", invitará al niño a pensar y fomentará el intercambio de puntos de vista que contribuye al desarrollo de su autonomía. 
El niño que ve que el adulto no le cree podrá verse motivado a pensar sobre qué debe hacer para ser creído. El niño que es educado con muchas oportunidades similares, con el tiempo puede construir por su cuenta la convicción de que, a la larga, es mejor que las personas mantengan un trato honrado y sincero entre sí.

El castigo tiene tres posibles consecuencias. 
La más común es el cálculo de riesgos. El niño castigado repetirá la misma acción, pero tratará de evitar que lo descubran otra vez. Algunas veces, el niño decidirá de antemano y estoicamente que incluso si lo descubren en un acto prohibido, valdrá la pena pagar este precio por el placer obtenido. 
La segunda posibilidad es el conformismo ciego. Algunos niños obedientes se convierten en perfectos conformistas, porque ello les garantiza seguridad y respetabilidad. Cuando se vuelven conformistas del todo, los niños ya no toman decisiones: se limitan a obedecer. 
La tercera consecuencia posible es la rebeldía. Algunos niños pueden ser unos perfectos "angelitos" durante años, pero llega un momento en que deciden que ya están hartos de complacer a sus padres y a sus profesores y que ya es hora de empezar a vivir por su cuenta. 
Incluso pueden llevar acabo comportamientos característicos de la delincuencia. Aunque estos comportamientos pueden parecer actos autónomos, no lo son pues están basados en la ira dirigida contra una represión, real o imaginaria. Las raíces de la autonomía son muy diferentes.

Debemos tener en cuenta que… aunque los premios son más agradables que los castigos, también refuerzan la heteronomía del niño. Los niños que sólo ayudan a sus padres para obtener dinero y los que sólo estudian para obtener buenas notas, están gobernados por los demás, igual que los niños que son "buenos" sólo para evitar ser castigados.

Los adultos ejercen poder sobre los niños mediante el uso de premios y castigos, y estas sanciones los mantienen obedientes pero también heterónomos.

La sanción por reciprocidad

Si queremos que los niños desarrollen la autonomía moral, debemos evitar premiarlos y castigarlos y, más bien, alentarlos a que construyan por su cuenta sus propios valores morales.

La esencia de la autonomía es que los niños lleguen a ser capaces de tomar decisiones por su cuenta. 
Pero autonomía no es lo mismo que libertad absoluta, pues no puede haber moralidad si uno se atiene sólo a su punto de vista. Si uno tiene en cuenta los puntos de vista ajenos, no es libre de decir mentiras, romper compromisos o ser desconsiderado.

No se puede negar que en la vida real es imposible evitar el castigo por completo. Sin embargo, Piaget realizó una importante distinción entre castigo y sanción por reciprocidad. 
Dejar a un niño sin postre porque ha dicho una mentira es un ejemplo de castigo, ya que la relación entre una mentira y el postre es completamente arbitraria. 
Decirle que no podemos creer lo que dice es un ejemplo de sanción por reciprocidad pues está directamente relacionado con la falta cometida y con el punto de vista del adulto. Las sanciones por reciprocidad tienen el efecto de motivar al niño a construir normas de conducta por su cuenta, mediante la coordinación de puntos de vista.

El niño acata las reglas adultas, y al interiorizarlas las hace suyas; pero también desarrolla sus reglas propiamente infantiles, según su propio desarrollo cognoscitivo. A través de historias en las que se le plantean al pequeño dilemas de tipo moral, observó que hasta los 7 años existe lo que Piaget llama responsabilidad objetiva: donde el pequeño se ciñe al tamaño o características físicas de las cosas.


Por ejemplo, eres más culpable si rompiste tres tazas que si sólo rompiste una; o si dices que una vaca es morada eres más culpable que si dices que el pollito es verde, simplemente porque la vaca es mayor. Valoran las acciones no por las intenciones, sino por el resultado visible.

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